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Directora clínica de TO BE.

Teresa Branco
Fisióloga del ejercicio

Directora de TO BE.

Los portugueses gastan más de 600 000 euros al día en medicamentos contra la obesidad. Y los medicamentos autorizados para tratar la obesidad siguen sin estar subvencionados por el SNS.

Infarmed ha confirmado la cifra. Y esto nos obliga a abordar un debate que debería haberse iniciado hace mucho tiempo: la obesidad, como enfermedad crónica, ya está reconocida por la ciencia y por la OMS. Entonces, ¿por qué el sistema sanitario portugués sigue tratándola como una cuestión de fuerza de voluntad?

«Laobesidad, como enfermedad crónica, no se trata con fuerza de voluntad, sino con medicina».

El número que da pie a una conversación

Cada día, las farmacias portuguesas venden más de 2. 355 unidades de medicamentos contra la obesidad. Un mes de tratamiento puede costar hasta 340 euros. En total, los pacientes pagan unos 613.000 euros al día, ya que los medicamentos aprobados específicamente para el tratamiento de la obesidad siguen sin estar subvencionados por el SNS.

Una distinción importante: desde febrero de 2026, el SNS subvenciona al 90 % el semaglutida (Ozempic) en adultos con diabetes tipo 2 mal controlada y un IMC igual o superior a 30, o con alto riesgo cardiovascular, criterios que han ampliado un acceso que antes exigía un IMC igual o superior a 35. Esta cobertura se aplica en el marco de la indicación de diabetes, no de la indicación de obesidad, y depende de una receta médica especializada. Los medicamentos aprobados para tratar la obesidad en sí siguen corriendo íntegramente a cargo del paciente. Si tienes diabetes tipo 2 y obesidad, merece la pena que hables con tu médico: es posible que estés cubierta.

En febrero de 2026, Infarmed aprobó la ampliación de la cobertura del semaglutida para la diabetes tipo 2. En cuanto a la indicación para la obesidad, el Gobierno anunció en mayo de 2026 que estaba preparando un modelo de subvención, con acceso restringido a criterios clínicos definidos por la Dirección General de Salud, limitado a la obesidad grave y sujeto al seguimiento por parte de equipos multidisciplinares. En el momento de actualizar este artículo, dicha decisión aún no se había materializado.

El contraste es fácil de ilustrar: a una mujer con obesidad y diabetes tipo 2 el SNS le puede subvencionar el 90 % del coste del semaglutida. Esa misma mujer, con la misma obesidad y el mismo riesgo metabólico, pero sin diabetes, paga el tratamiento íntegramente. La enfermedad que se está tratando es la misma. Lo que cambia es el diagnóstico que la acompaña.

No es debilidad, es biología.

Tres asociaciones portuguesas se han unido para cambiar este discurso: la Sociedad Portuguesa para el Estudio de la Obesidad (SPEO), la Asociación Portuguesa de Personas que Viven con Obesidad (ADEXO) y la Asociación Portuguesa contra la Obesidad Infantil (APCOI). Juntas, han publicado la guía «Las palabras pesan: cómo hablar de la obesidad». El mensaje central es claro: la obesidad no es el resultado de decisiones individuales erróneas. Se trata de una enfermedad neurobiológica, genética y crónica.

«La gran mayoría de los pacientes son resistentes a la leptina y no consiguen quemar grasa. (…) Se trata de un problema biológico y no de comportamiento», afirmó Carlos Oliveira, presidente de ADEXO. José Silva Nunes, presidente de SPEO, fue igualmente directo: «Cuando se mantiene la idea de que la obesidad se debe únicamente a la falta de fuerza de voluntad, se están perpetuando las desigualdades y el estigma».

Tratar la obesidad como una enfermedad crónica implica aceptar una idea difícil: el cerebro de quienes padecen esta patología induce la ingesta de alimentos como mecanismo de supervivencia. Por eso, ninguna recomendación del tipo «come menos y haz más ejercicio» podrá imponerse a esa orden biológica. En este aspecto, la ciencia es inequívoca.

Las cifras confirman la magnitud del problema. Según datos de Eurostat correspondientes a 2025, el 38,2 % de la población adulta portuguesa tiene sobrepeso y el 17 % padece obesidad. Y entre los niños de siete a nueve años, los datos de 2022 muestran que el 31,9 % ya presentaba sobrepeso y el 13,5 % obesidad.

El lenguaje también cura o enferma

Cambiar el lenguaje en torno a la obesidad no es una cuestión de estilo. Es una cuestión clínica que tiene un impacto directo en los resultados sanitarios. La guía «Las palabras pesan» propone sustituir «persona obesa» por «persona que vive con obesidad». Este cambio no solo es políticamente correcto: es clínicamente relevante.

El estigma asociado a la obesidad aleja a las personas de la atención sanitaria. Cuando un paciente teme ser juzgado por el médico o el personal de enfermería, pospone la consulta. Cuando la sociedad ridiculiza a quienes tienen sobrepeso, la vergüenza se convierte en un obstáculo para el tratamiento. Este estigma perjudica la salud de forma lenta, pero documentada.

La guía también llama la atención sobre el lenguaje utilizado por los medios de comunicación. Las imágenes de hamburguesas o de cuerpos parcialmente al descubierto siguen siendo la norma a la hora de ilustrar noticias sobre la obesidad. «Las personas con obesidad tienen vidas, hacen cosas, no son así», subrayó Carlos Oliveira. Por eso, reconocer la obesidad como una enfermedad crónica implica también cambiar la forma en que se representa: en los medios de comunicación, en los servicios sanitarios y en la sociedad en general.

El enfoque clínico de TO BE. se basa precisamente en este principio. En este caso, la comunicación con los pacientes se basa en la evidencia, sin juicios de valor ni simplificaciones. El peso es un dato clínico, no una clasificación moral.

Portugal, entre los países en los que la obesidad infantil empieza a remitir

En 2026, Portugal forma parte de un reducido grupo de países europeos en los que la prevalencia de la obesidad infantil está disminuyendo. Es una señal positiva. Pero hay que ponerla en contexto: las cifras siguen siendo elevadas y las desigualdades socioeconómicas siguen siendo un factor determinante.

Esta reducción, aunque sea modesta, se debe a tres factores: las políticas de educación alimentaria en los colegios, la reformulación de los productos por parte del sector alimentario y una mayor concienciación de los profesionales sanitarios. Ninguna de estas medidas sería eficaz sin reconocer la obesidad como una enfermedad crónica —una enfermedad que comienza a una edad temprana y que exige una intervención precoz, no solo una gestión retrospectiva de los daños—.

Este dato refuerza algo que TO BE. defiende en su enfoque clínico: el historial de peso a lo largo de la vida es una información esencial. Esto incluye la adolescencia, la edad fértil, el embarazo y el posparto, en el caso de las mujeres.

¿Qué cambia para las mujeres?

La obesidad no afecta de la misma manera a hombres y mujeres. A lo largo de la vida de la mujer, desde la pubertad hasta la menopausia, pasando por el síndrome de ovario poliquístico (SOP), el embarazo y el posparto, las variaciones hormonales influyen en tres aspectos: la composición corporal, la distribución de la grasa y la eficacia de las intervenciones terapéuticas, ya sean farmacológicas, nutricionales o quirúrgicas.

Dos mujeres con la misma masa corporal pueden presentar riesgos metabólicos completamente diferentes. Por ejemplo: una mujer menopáusica que ha ganado peso en los últimos dos años no se está «dejando llevar». En realidad, está respondiendo a un profundo cambio hormonal. Ese cambio altera el metabolismo basal, redistribuye la grasa hacia la zona visceral y aumenta el riesgo cardiovascular y oncológico.

Por ello, tratar la obesidad como una enfermedad crónica en la mujer requiere un enfoque personalizado. Este enfoque debe incluir:

  • Una evaluación hormonal detallada —y no solo el IMC (Índice de Masa Corporal);
  • Análisis de la composición corporal (masa grasa frente a masa muscular);
  • Contexto del historial reproductivo y metabólico;
  • Un plan terapéutico que incluya, cuando esté indicado, medicación para la obesidad, como los GLP-1, y no solo «dieta y ejercicio»;
  • Seguimiento a largo plazo, ya que la obesidad es crónica y el tratamiento también lo es.

TO BE. es una clínica médica dedicada a la salud de la mujer. Y aplica este modelo de forma sistemática: trata la obesidad con la misma seriedad clínica que cualquier otra enfermedad crónica. Porque la obesidad, como enfermedad crónica, es precisamente eso: una enfermedad que merece un diagnóstico, un tratamiento y un seguimiento.

Nota: En TO BE., la evaluación clínica y la prescripción de medicación para la obesidad son siempre responsabilidad de una médica del equipo, tras una consulta. La profesora Teresa Branco, fisióloga del ejercicio y directora de TO BE., coordina el plan multidisciplinar y el componente de ejercicio y composición corporal, pero no prescribe medicación.

El sistema está cambiando. El tratamiento no puede esperar.

El debate sobre la financiación de los GLP-1 es importante y bienvenido. Pero el acceso a los medicamentos contra la obesidad es solo una pieza del rompecabezas. Lo que es verdaderamente urgente es otra cosa: cambiar la forma en que el sistema sanitario y la sociedad perciben la obesidad. No como un fallo moral, sino como una enfermedad compleja que exige una respuesta médica estructurada.

Portugal ya ha dado el primer paso: en febrero de 2026, la ampliación de la cobertura de la semaglutida para la diabetes tipo 2 reconoció, en la práctica, la importancia clínica de la obesidad asociada. Queda por dar el siguiente paso: tratar la obesidad como una enfermedad por derecho propio, y no solo cuando va acompañada de otro diagnóstico.

La visita al médico es el primer paso.

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¿Qué es la obesidad mórbida y cuáles son sus riesgos?

La denominada «obesidad mórbida», término que algunos especialistas prefieren sustituir por «obesidad grave» u «obesidad de grado III», corresponde a un índice de masa corporal (IMC) igual o superior a 40 kg/m². En este grado, la enfermedad se asocia a un riesgo significativamente elevado de diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares (hipertensión, infarto, ictus), apnea del sueño, problemas articulares, síndrome metabólico, algunos tipos de cáncer (de mama, de útero, de colon) y trastornos de salud mental. En las mujeres, aumenta además el riesgo de complicaciones obstétricas y de infertilidad. El tratamiento requiere un enfoque multidisciplinar —nutricional, médico y psicológico— y, en muchos casos, farmacoterapia o cirugía bariátrica.

¿Cuándo se considera que la obesidad es una enfermedad?

La obesidad está clasificada oficialmente como enfermedad crónica por la Organización Mundial de la Salud (OMS), por la Asociación Médica Americana (desde 2013) y por numerosas sociedades científicas internacionales, incluida la Sociedad Portuguesa para el Estudio de la Obesidad (SPEO). Se considera una enfermedad cuando el exceso de masa grasa compromete la salud física o psicológica del individuo. No se trata de un estado transitorio ni de una elección, sino de una afección neurobiológica, genética y metabólica que requiere un diagnóstico y un tratamiento médico multidisciplinar.

¿A partir de qué IMC se considera que existe obesidad mórbida?

La obesidad mórbida (u obesidad de grado III) se define como un IMC igual o superior a 40 kg/m². Sin embargo, el IMC por sí solo es un indicador limitado: no distingue entre masa grasa y masa muscular, ni tiene en cuenta la distribución de la grasa en el organismo. Una mujer con un IMC de 38 y grasa principalmente visceral puede presentar un riesgo metabólico mayor que otra con un IMC de 41 y grasa periférica. Por ello, en la evaluación clínica de la obesidad deben tenerse en cuenta otros parámetros: el perímetro abdominal, la composición corporal, los marcadores metabólicos y el historial hormonal.

¿Por qué ha ido aumentando la obesidad infantil?

El aumento de la obesidad infantil en las últimas décadas se debe a una combinación de varios factores: una mayor disponibilidad y un marketing más agresivo de los alimentos ultraprocesados, la reducción de la actividad física espontánea, entornos escolares y urbanos poco propicios para el ejercicio, y las desigualdades socioeconómicas que condicionan el acceso a una alimentación de calidad. La predisposición genética también desempeña un papel relevante: los niños cuyos padres padecen obesidad presentan un riesgo significativamente mayor de desarrollar la enfermedad. La buena noticia es que «Portugal forma parte de un reducido grupo de países europeos en los que la prevalencia de la obesidad infantil se está ralentizando».